Ver volar las gaviotas desde mi ventana, sentir como el sol me calienta en un día frío, dar un paseo tranquilo por el campo, el olor a pino y a eucalipto, oír los pájaros en los árboles, mirar el paisaje desde lo alto, contemplar la lejanía y ver lo pequeños que somos en realidad, sentir el aire suave en la cara, la sensación de no tener nada que hacer, entrar en casa y verle venir alegre moviendo la cola, esa risa tonta y sin control tan difícil de encontrar ya, caminar junto a sus tres años agarrándome el dedo índice, escuchar las historias que se va inventando sobre la marcha, cuando coge flores para mi, abrir y oler un libro nuevo, buscar y encontrar, la sensación de estar tomando una buena foto, los colores del cielo al atardecer, recordar un buen momento, las conversaciones que atrapan, descubrir una canción que no puedo dejar de escuchar, una frase que me hace pensar, mirar el mar y ver como las olas llegan tranquilas a la orilla, andar por una ciudad nueva, oír la lluvia desde casa, notar y oler las sábanas recién cambiadas, escuchar la puerta y esa carrera hacia mi… Todo ésto y más, busquemos nuestros pequeños placeres fugaces, que ahí es donde seguro se esconde la felicidad.

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