Miro, pues, hacia la nada. Observo cosas sin importancia: una goma de borrar, una lapicera, un calendario, mi reloj. Dios mío, ¿qué es esto? Pasa un boeing, con estruendo. ¿Adónde va? ¿Para qué? En mi mesa de trabajo miro una arañita que cruza afanosamente, también hacia su destino. Pero, ¿cuál? Aunque pequeñita, puede tener un destino chiquito, a su escala. La sigo conmovido, hasta que llega al otro borde y desciende por uno de los hilos de su telaraña; con cuánta esperanza la sigo observando mientras desaparece de mi vista aquel ser diminuto que vive sin hacerse tantos planteos, sin esos cuestionamientos que nosotros hacemos para probar ¿qué?
(Ernesto Sabato – Antes del fin)
 
 

[Quédate] con quien te trate bien, quien se acuerde de ti, te busque y pregunte. Quien te dedique su tiempo y te demuestre que quiere seguir en tu vida, porque le caes bien, se divierte y disfruta estando contigo. Quien te escogió entre tantas personas, porque sintió que merecías la pena. Alguien que siga a tu lado independientemente de las circunstancias, no sólo porque le vengas bien en un momento determinado de su vida. Que continúe contigo más allá de los cambios. Una persona que te haga sentir importante, que saque lo mejor de ti, con la que sonrías, aprendas y evoluciones. Quédate con quien te quiera, te respete y te valore.

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¿Somos lo que recordamos?

Recuerdo una tarde en los jardines de la comunidad de nuestra casa de Málaga cogiendo piñas con dos vecinas y mirando sus diminutos piñones. Ver “Los cazafantasmas” en casa de un vecino. Un día jugando al escondite en nuestro piso con María y Dani. Pisar a una Barbie en mi cuarto. Una noche buena con toda la familia y yo asegurando que había visto la mano de Papá Noel, y el susto que me daban las bengalas. Me acuerdo de toda la casa entera, y a mi madre recogiéndome en la inundación del 89.

Recuerdo que en el colegio “Domingo Lozano” se jugaba al hockey, que a una seño le dieron con una bola en el tobillo y se le hinchó. Un recreo lluvioso que nos quedamos debajo de unos árboles después de sonar la sirena. Un niño que partió una canica por la mitad de un golpe. Las cartas coleccionables de “Dragon Ball” y colorear un cómic. Los cromos en el escalón de la entrada. A mi hermana que le dieron con un capuchón de un boli en el ojo y le salió un moratón. A mi madre diciéndome que cuidara de ella. Un día que no quería ir al cole y lloraba. Otro día de lluvia pasando el recreo en el patio interior, donde había plantas grandes y salieron los caracoles. Ir a la pequeña biblioteca y coger un libro de “Érase una vez”.

Recuerdo jugar en el campo de mis abuelos en “Pinos”, encontrarme viejos juguetes entre las plantas, jugar al baloncesto con mi primo Fernandi en la canasta de atrás. Un día comiendo con mi abuela María y mi hermana arroz en puchero con hierbabuena y el caldo espeso, estaba muy bueno. Las tortas de aceite del pueblo. Barrer las hojas y las bellotas del suelo. Dormir en una pequeña cama plegable de las que salen de un mueble, también en el sofá de cuero negro. A mi abuelo Sebastián diciendo que lo que se veía en la tv era el parte. A sus perros, Rocky, Sultán, Chispa… sus pájaros y a los gatos de los vecinos.

Recuerdo las tardes en casa de mi abuela Loli y mi tía Paca y Encarna. Los días de los Santos inocentes, pedirle 20 duros y decirle que ya se los pagarían. Las nocheviejas en su casa, la nieve de espuma después de las uvas. Los fideitos de mi abuela Loli y los cortadillos en la mesita de la cocina. Su color azul. El cajón con juegos de debajo de la tv. Abrir todos los muebles por si encontraba algo. Las escaleras a la planta de arriba y el despacho de mi abuelo Juan con los archivadores. A mi tía Yoli viendo “Los vigilantes de la playa” en el sillón de la salita y también haciendo caligrafía. A mi tía Paca haciendo croché, enseñándome a hacer barcos de papel y sombreros con pañuelos con cuatro nuditos. El humo de la comida sentada en la escalera del patio, mirando como mi tía Encarna cocinaba. Los bidones de la terraza y su trastero. Las tardes viendo “Los fruitis”, “La vuelta al mundo en 80 días”, “En busca del valle encantado” y “Los diminutos”. Ver como jugaban con las cartas al chinchón.

Recuerdo los veranos de “La Cizaña”, su piscina, ponerme las gafas de bucear y coger ceniceros del fondo. El hula hoop y los saltos al agua. Un día que me mareé por bucear tanto sin gafas. Un día cantando canciones de los dibujitos con los amigos. El césped, los saltamontes. La fuente con agua estancada y larvas de mosquito. Comer churros caseros con azúcar para desayunar. Una noche de verano con la familia en el salón y yo en el suelo comiendo roquefort. Ver las estrellas y el olor de la barra de Aután. A mi abuela y tías viendo una telenovela. La ensaladilla rusa de mi tía Tere y los boquerones en vinagre. La hamaca entre palmeras. Los cumpleaños con los vecinos en el césped. Jugar en la calle con algunos de ellos. Ir andando a la playa por la puerta de atrás. Una fiesta por la noche con la familia, mi hermana y mi primo.

Recuerdo la casa de Alh, las cabañas en el parque, coger palés de las obras y arrastrarlos con las cuerdas de plástico. Trepar a los árboles. Subir la cuesta con la bici, tirarnos con los monopatines. Dibujar y jugar a los Legos con Alfon, Tarifa y los días de olas y tablas de body, un día que nos nevó en una casa al lado de la playa. Los coches teledirigidos, los Micromachines. Una tarde haciendo un cobertizo con las mantas en el sótano de Cristi, a su hermano Aurelio con los juegos de pc, los Worms y el Principe de Persia, su salita con el sofá en esquina. A María y a Dani jugando con los lápices hinchables en la playa. Sacar a los perros en el parque con el Doblas antes de ir al cole y un juego suyo de plastilina que me encantaba como olía. La Master System con el Alex Kidd y el Sonic, la Playstation con el Crash Bandicoot y el Final Fantasy, el pc con el Age of Empire y el Commandos. Los mangas, dibujar en el atril de mi cuarto escuchando música. Mirar por la ventana a ver quien pasaba. Una noche sola con mi hermana muertas de miedo y el perro ladrando. Los cumpleaños en el jardín, la Coca-Cola, la Fanta, los regalos y la piñata.

Recuerdo los días de senderismo por el campo con la familia y nuestro perro Scotty. Los camping, un día con el fuego y el río al lado. Los juegos de mesa de noche debajo del avance. Pelar los palos con la navaja para hacer una espada.

Recuerdo el colegio Zambrana, con Cristina Huertas y empezar así la adolescencia, andar con ella al oír la sirena. Los trabajos de Tecnología, con circuitos y canicas. El recreo jugando al Poli-ladro. Saltar la valla para jugar en las pistas, con la pelota y los patines. Una noche jugando a los pistoleros, y otra al escondite entre los coches y los locales de la urbanización. Un riachuelo con renacuajos y pequeñas ranas. Las vueltas en bicicleta y como nuestros padres no nos dejaban llegar al pueblo. El hombre de las naranjas con su caballo y la carreta. La furgoneta del pan pitando. A Araceli y Elena llamando a mi puerta para ir al kiosko a dar una vuelta, y la aventura por Madrid. A Esther y Rafa hablando en el sótano y la escapada que hicimos a Granada.

Recuerdo el instituto “Gerald Brenan” y lo difícil que fue Bachillerato, a los compañeros que conocí y las primeras fiestas. La Universidad, el agobio y lo perdida que estaba. El ciclo formativo y los resúmenes de las oposiciones.

Recuerdo los paseos por cualquier lugar con Ale, las cenas, las conversaciones, los detalles y las sorpresas. Empezar con la fotografía y mejorar. Nuestro primer piso en Málaga. A mi perro Taison, que me quedé dos horas sentada en el sofá con él acurrucado en mis brazos el primer día que llegó. La fiesta sorpresa de cumpleaños con los amigos en la terraza. Otro día más viendo el fúlbol en la buhardilla.

Recuerdo los pequeños viajes por Andalucía, los grandes a Londres, Egipto, Riviera Maya, Nueva York, Kenia, el norte de España. Francia e Italia en caravana. El viaje a Valencia.

Recuerdo los movimientos de Víctor en mi barriga, el miedo y la ilusión. La primera vez que lo cogí en brazos y lloré de felicidad. Las noches sin dormir, los pañales y los berrinches. Las sonrisas, los avances, los paseos en brazos y las tardes en los parques. Cuando escuché su primer “Te quiero” y lo abracé muy fuerte. Cuando descubrí que para lo bueno y lo malo, nada es para siempre.

Recuerdo… y que agridulce es recordar.

Recuerdo a todos esos amigos que vinieron y se fueron casi sin molestar, todavía os pienso. Y a unos pocos de los que me quiero olvidar.

Recuerdo y echo de menos a todos los familiares que ya no están.

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