A veces me saca de mi mundo adulto, con mis obligaciones, las prisas y las preocupaciones y me vuelve a enseñar a reír de nuevo así. También me lleva a mundos con dinosaurios y fantasmas, con cocodrilos, volcanes y lava. A un mundo donde existen los saltos imposibles y donde todo es posible. Porque ellos vienen a la realidad saliéndose de ella y así aprenden y disfrutan, y nosotros también podríamos hacerlo si nos atreviéramos a recuperar esa parte casi olvidada.
 
 

Miro, pues, hacia la nada. Observo cosas sin importancia: una goma de borrar, una lapicera, un calendario, mi reloj. Dios mío, ¿qué es esto? Pasa un boeing, con estruendo. ¿Adónde va? ¿Para qué? En mi mesa de trabajo miro una arañita que cruza afanosamente, también hacia su destino. Pero, ¿cuál? Aunque pequeñita, puede tener un destino chiquito, a su escala. La sigo conmovido, hasta que llega al otro borde y desciende por uno de los hilos de su telaraña; con cuánta esperanza la sigo observando mientras desaparece de mi vista aquel ser diminuto que vive sin hacerse tantos planteos, sin esos cuestionamientos que nosotros hacemos para probar ¿qué?
(Ernesto Sabato – Antes del fin)
 
 

[Quédate] con quien te trate bien, quien se acuerde de ti, te busque y pregunte. Quien te dedique su tiempo y te demuestre que quiere seguir en tu vida, porque le caes bien, se divierte y disfruta estando contigo. Quien te escogió entre tantas personas, porque sintió que merecías la pena. Alguien que siga a tu lado independientemente de las circunstancias, no sólo porque le vengas bien en un momento determinado de su vida. Que continúe contigo más allá de los cambios. Una persona que te haga sentir importante, que saque lo mejor de ti, con la que sonrías, aprendas y evoluciones. Quédate con quien te quiera, te respete y te valore.

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